jueves, 30 de abril de 2015

Aunque tarde, es temprano



Las calles se arman por la mañana muy temprano para recogerse por la noche. Se desparraman más al ritmo de los pasos humanos que al rodar de los vehículos. Todo es como si los mismos zapatos fueran dibujando las siluetas del damero céntrico. 


Es que amarradas a los pies de los primeros transeúntes se abren hasta que de otra manera no fuera posible que Yann soltara el acordeón y se fuera al piano como lo hizo a veces. Como si no existieran sin los pasos apresurados por la mañana.
Yann ahora insiste que tarantaran, tarantantan, tantam al golpe del piano que hace ritmo temprano, marca el paso como lento, como rápido lo hace Yann, y no suena más hasta decir plinpliin, planplán. La mañana está helada, me subo el cuello y enfilo a un ritmo de planplinplán y vuelta al planplán de Yann. Tuerzo raudo una esquina para tomar por ella y mirar a lo lejos como la mañana helada y nublada trata también de armar el cuadro que por la noche se desarmó.  Sabe Yann que lo escucho porque yo lo agito entre golpecitos sobre mis orejas plinplin, plinplin, plín, insiste y yo marco con los talones tan, tan, tantantán.

Me agito suave y entro en otra calle que nunca supe que efectivamente iba a pasar nuevamente por ahí, Carpentier habla de los pasos perdidos, esto no lo son, pero sí los pasos que se pierden y vuelven a encontrarse con la calle que pensé una vez después del golpe como la imagen de la calle que cae y se enfrenta con el borde de la esquina de Teatinos y el lado sur de la Moneda, esa que hace muro con esta de techo bello que no hace más que guardarme los recuerdos y pensar en esa mañana a las 7 horas silenciosa de hace 15.330 días, estática, casi helada cayó como una noche violenta de 6.205 días.

Esta mañana caminada entre Yann y yo se empieza ahora a dibujar por la parte de Zenteno donde mi padre trabajaba, ahí las órdenes de la sargento son de correcciones a los uniformados de verde en la mañana azulina, ordena y ordena, es la otra ciudad, la que está fuera y la mía que está acá, miro las órdenes y Yann sigue con plaplaplaplaplá e insiste ahora con pliplipliplí, no sé lo que es mirar esa trastienda tan sin ser bizarra para que a las dos horas más sea una gallarda. Es lunes, son las 7 de la mañana ahora y también es 27 de abril. Carabineros celebra lo que Ibañez les hizo.

Y Yann hace caso solo a lo que el sí sabe hacer, pero ni se da cuenta que lloro un poco y el estertor me avisa que ya, que ya, que ya por favor y Yann tarantaranplintarantaranplín, ni él lo sabe, pero sí lo sé yo, eso importa e ingreso a una panadería por pan caliente con granos, me los llevo rápido porque sé que Yann dejará de tocar el piano a los 48 minutos justo y me detendré en la entrada del taller para volver a llenarme solo del sabor femenino de Mónica, que ahora es lágrima.

https://www.youtube.com/watch?v=omhHQ2mVWXU

miércoles, 11 de marzo de 2015

Una tela grande para pintar, pero esta y no otra


 Una tela grande para pintar con óleo cuesta algo así como 40 mil pesos y más, digo grande,  unos 40 por 60 centímetros. Para uno que de vez en cuando pinta por pintar y no para vender, cuesta, es caro. En verdad lo hago pues me distiende, me alegra y más encima, puesta en mi comedor, da un decoro algo honroso a mis murallas desnudas que acentúan la falta de muebles. Bien vale algo que llene estéticamente esos espacios. Pero cómo hacerlo, cuesta esos 40 mil.


Bueno, un domingo, al salir de casa, me encontré a boca de jarra con un panel de propaganda política, lo volví a mirar y concluí que serviría como bastidor para pintar.  Era una propaganda del candidato Golborne. Estaba tendida a maltraer apoyada en el árbol. Me acerqué, la miré. Encontré indigno pintar en ese soporte de listones endebles con una lona plástica corcheteada a la rápida. No sé, o bien fue el tamaño, algo chico, no sé, no tengo idea, quizás el hecho de tener que pintar ahí y en una tela de propaganda política de un candidato tan inventado a la fuerza de circunstancias poco decorosas, quizás fue el tamaño, era chico. Bueno, es posible que buscaba algo más grande. Lo cierto es que me olvidé y quedó ahí tirado.

Pasaron las elecciones presidenciales, el lunes 16 de diciembre, cuando me iba a mis actividades ví en la esquina, antes de doblar hacia el metro, un letrero de Michelle Bachelet recostado sobre un kiosko abandonado cerca de un paradero de colectivos. Buen tamaño y excelente estado; 1.00 metro por 1.98 cms. Me atrajo, ese era, ahora sí. Me dije, que si por la tarde de vuelta a casa está ahí, me lo llevo para el menester programado.

Pero ¿qué fue lo que me está haciendo decidir por este bastidor? ¿Tamaño más grande? ¿Mejor estado?  O bien, ¿era el escogido por qué era de Bachelet, por la que había votado?
 
De vuelta a mi casa, por la tarde, estaba todavía. Encontré el bastidor en el mismo lugar y en iguales condiciones. Me puse al frente, lo estudié, hice presencia, lo hice mío, marcaba terreno como un perro meón, pero no me atreví a tomarlo y llevármelo consigo. Pero ¿por qué? Estaba muy bien puesto, como al cuidado de alguien que se lo iba a llevar a su casa o para hacer la casucha del perro anciano y callejero que por meses veía merodear en el paradero de colectivos, a ese que alimentaban los choferes y los pasajeros con sopaipillas y empanadas de queso, al que tapaban y a veces en días de frío le ponían una especie de chaleco. Pero hace tiempo que no lo veía. Me acerqué al que ordena las filas de pasajeros y abre y cierra puertas, le pregunté si el letrero ese, era de alguien, me dijo no, agregué torpemente, me lo puedo llevar y el dijo , se lo puede llevar, le di autoridad. Que bueno y le agregué: en la mañana lo había visto y pensé que era de alguien y ahora como sigue ahí me lo quiero llevar, él, con autoridad de abrir y cerrar puertas, de subir y bajar pasajeros me dice: es que se cayó y lo dejamos ahí, ya estaba listo, me dije, además ya me sentía dueño del letrero, bien... Y antes, por gentileza le pregunté por el perrito ese, me dijo: estaba mal, estaba gordo, no caminaba ya, lo llevamos al veterinario y murió, la gente lo mató con tanto pan caliente y sopaipillas, dije: mal, que mal,  y me fui nomás. 

          Las emprendí raudo por entre transeúntes con maletines de oficina y señoras con bolsas con pan y sopaipillas para las onces. Seguía pensando en el porqué de este y no el otro letrero. 

            Para llegar a mi casa faltaban dos cuadras, a esa hora todos los vecinos cansados enfilan rápidos hacia sus casas.  A las siete de la tarde siempre un pequeño viento se levanta. Este se encajona entre dos edificios que hacen de guía al viento del crepúsculo. Era un barquichuelo con vela, el viento hizo frente en el bastidor y me tiró de lado hacia un jardín alambrado, logré sortear con un saltito, pero caí mal, logré topar mi rodilla derecha en el pasto, me paré enseguida, solamente lo hice para que el viento volviera de lleno y me llevara torcido ocupando toda la vereda por donde transitan los vecinos cansados, me fue difícil controlar  y despejar la vía, una señora me dice, ay, ay, ese mismo cartel me hubiera gustado tenerlo en mi casa, ella aseguraba que me llevaba a la Bachelet como un trofeo... jheem... No pretendo  aclararle. Ahora con las dos manos trataba de mantener la dirección a proa, para no estorbar la travesía a mi casa. Otro más allá comenta en voz alta a su pareja, que yo era el encargado municipal de sacar los letreros, dile que vaya a sacar las que hay cerca de la casa, le ordena su mujer y yo, uhum. Logré doblar la esquina, que generalmente tiene poco viento de lado, más que todo es un viento de popa, ese que da velocidad, así apuré el tranco. En la puerta de entrada a mi pasaje me esperaba un vecino, el mismo que vi el domingo bajarse de una camioneta con su bicicleta  con pinta de deportista. Ah, vecino, a nadie le contaré que lo vi bajarse de una camioneta con su bicicleta acuesta, le dije y me reí del chiste que le tiré ese domingo. Mal hecho, ahora él me esperaba en la puerta de entrada y me la tira facilito, se le notaba en la cara, feliz, sin apuro y para que todos se enteraran: Sshist vecino, pero cómo tan fanático, si ya salió elegida, ¿la va a guardar para el recuerdo en el velador? Me dice y casi le digo torpemente, si no tengo velador, poh, uf.

Probé con cloro primero, luego con diluyente. La impresión injeckt no sale, mañana lo haré con piroxilina, por si resulta. No puedo pintar sobre esas impresiones, creo que las taparé con unas manos de pintura blanca al agua y se acabará. Ah, pero primero estirarla un tanto más y cambiar los listones torciddos… ¡Quiero empezar a pintar!... ¿Cuánto gastaré en sacar la impresión de Bachelet sobre esta tela plástica? No sé, ¿quizás algo menos que 40 mil?

“TODA MI HAMBRE EN UN PAR DE HUEVOS”, de Ángel Arias Quezada


Segundo lugar del Concurso Nacional ARTE Y DERECHOS HUMANOS 2014, CIUDADANÍA, IGUALDAD, DIVERSIDAD

La Invitación que el Instituto Nacional de Derechos Humanos, INDH, hizo a la comunidad estuvo orientada a la presentación de obras que reflejaran una mirada reflexiva y profunda en torno a una amplia gama de derechos humanos.  La convocatoria tuvo el objetivo de reforzar los valores del ejercicio pleno y amplio de ciudadanía, la igualdad en dignidad y derechos de todos los seres humanos, y la diversidad como elemento fundamental de la vida democrática.
La necesidad para  escribir la experiencia del presidio bajo la dictadura se manifiesta en el texto de la presentación del  cuento: “No tan solo una, sino varias y casi infinitas e insospechadas son las vivencias en un presidio impuesto por una dictadura. Se van sucediendo para armar experiencia. Y la poderosa memoria personal comienza a intranquilizar, y atora, hace mella. Pareciera que vivir encarcelada en el pellejo fuera su destino.
Sin embargo, las imágenes, las letras, los párrafos se van armando y en otras sufriendo su reestructura o escapando a sectores íntimos que hacen doler; pero el tiempo y el recuerdo se encargarán que uno tras otro se perfilen en letras, una palabra, hasta que logren adquirir el rótulo de memoria colectiva tras un texto armado. Así, de esta manera, las vivencias, aunque personales, llegan a pertenecer a todos”.

martes, 10 de marzo de 2015

Toda mi hambre en un par de huevos

El hambre es una de las pestes poderosas que pueden socavar el ánimo, y peor aún, controlar a un ser humano, su voluntad y las decisiones más elementales. En el Estadio Nacional los presos por la dictadura militar chilena del año 1973, sufrían este flagelo. 


Desde el 16 de septiembre de 1973 viví 80 días sentado en las galerías mirando el pasto verde de la cancha de fútbol. Por las noches era ubicado en los pasillos o bien en los camarines del campo deportivo. Otros, los detenidos recién ingresados, quedaban tirados en los túneles mirando el dibujo interior de las graderías que en fila llegaban hasta la tierra apisonada por la huella de los pasos de los jugadores y las marcas de los cascos de las pelotas de fútbol que daban de estrellones contra los muros de concreto. Para pasar las noches frías de la primavera de septiembre, una frazada se transformaba en un tesoro, como también podía ser la mitad de un colchón relleno de algodón, que bien soportaba la parte superior del cuerpo, pero se debía administrar su uso; unas horas sobre él, y otras por debajo, todo eso dependía del frío, del cansancio o el estado de ánimo del detenido. 

En las mañanas una marraqueta y un tazón de té o café de higo con leche de extraño sabor, lograba darme calor y ánimo después del insomnio con sueños desencontrados por las luces y las caminatas de los soldados que no dejaban de vigilar los cuerpos tendidos. Al mediodía un fondo de aluminio nos traía un caldo delgado donde se distinguían a veces las lentejas, los porotos o los garbanzos, aunque en otras oportunidades la cazuela insípida hacía su debut en nuestra boca hambrienta. Por la tarde, otro jarro con agua caliente llegaba con el trozo de pan para suplir el necesario alimento. 

Ya al mes, para algunos, y para otros antes o después, había un desate de ingenio que permitía saciar en parte el hambre que molestaba hasta el cerebro. Si había cazuela, se depositaban los trozos de pollo o de carne dentro del pan, de esta manera el sabor y el caldo remojaban las migas. Así, con el ánimo y la decisión absoluta de un espartano, ese pan se guardaba en un bolsillo hasta la espera del tazón de la tarde; Ahí se devoraba este sandwich que toda la tarde había horadado el recuerdo de tan apetecido preparado, entonces dos panes ahora iban al deleite; uno con carne y el otro de la tarde, solo. Eso era un logro para la voluntad de un hambriento y una alegoría a los paladares más delicados. 

En los comienzos de nuestros días de prisión en el Estadio Nacional teníamos que recurrir a las cáscaras de naranja o plátanos que los asistentes al partido del último domingo antes del golpe militar habían dejado tiradas. Estas apreciadas cáscaras las recolectábamos en recipientes con agua para que se hidrataran, así pasaban los horas y a veces un día de espera hasta sentirlas en el paladar y engullirlas; sentíamos la acidez que invadía las papilas lentamente hasta desatar el jugo de la saliva que lograba acariciarnos como la mano de una madre. 

Nuestros cuerpos estaban débiles, solo se atrevían a tener como actividad diaria estar tirados en las graderías como lagartos alimentándose de los rayos y nutrientes que el calor del sol nos hacía llegar. Y si alguno de ellos se atreviera a ponerse de pie, sin la debida precaución de hacerlo lentamente, la debilidad y la falta de energía cobrarían un mareo o bien las estrellitas reventarían para girar ante nuestros ojos como luces interiores que acusaban la fragilidad de ese cuerpo. 

Gustavo, un amigo de presidio, de lentes redondos, actor, se acomodaba sobre el tablón de la gradería y en posición de veraneo de islas misteriosas de ensueño, ponía una bandeja llena de chocolates cuadrados ante sus ojos y al alcance de la mano que buscaba a tientas mientras su rostro se encumbraba en busca del sol primaveral, los ojos cerrados imaginaban el bocado que imitaba chocolates con un burdo mendrugo amasado y rehecho en cuadrados para semejar el deleite que Gustavo requería para la representación de su embeleso. Una imaginería que debía compartir, aunque sea con los ojos, pues de lo contrario era exclusivamente un desvarío que iba a rechinar por los pasillos de una casa de orates. 

Solamente el hambre tratábamos de controlar para estar bien, pero no así algún pensamiento que tuviera relación con las carencias. Nada podía calmar la necesidad del alimento y menos el camino vacío que empezaba a recorrerse desde el estómago hasta los pensamientos desatados. Solo la calma azotaba silenciosamente el cuerpo para socavar las reservas que se vaciaban en nuestro organismo. Los comentarios sobre nuestra pobreza alimenticia no era tema habitual de conversación. Además, nadie tenía comestibles a la vista para que alguien pudiera compartirlo, entonces esa distancia impedía que fuera un asunto constante. También las circunstancias que nos mantenían en cautiverio, el abandono y la inseguridad nos obligaban dar prioridad al problema mayor que a las consecuencias que generaba. Cada uno de nosotros llevaba las apetencias como un problema personal y que se lograba cobijar en la intimidad de nuestras sensaciones. Solo cuando a alguien se le ocurría compartir un trozo de pan, ahí recién existía un comentario que nos recordaba que el hambre nos perseguía como un parásito rebelde, a todos por igual. 

Se discurría mucho y más que un sabio. Por eso hubo dos soluciones que no podía dejar de llevarlas a cabo cuando el apetito se me hizo latente y llegó a ocupar todo el espacio de mi cerebro. La primera fue sin pensarlo mucho. Por la mañana se solicitaban voluntarios para acarrear el pan desde el camión de transportes “Progreso”, que se ubicada fuera del estadio, pero dentro de los límites que circundaban las rejas de los jardines que daban a Avenida Grecia. Estos camiones amarillos habían sido contratados por el Ejército de Chile para el acarreo del alimento de los presos del Estadio Nacional, aunque en conversaciones entre nosotros sosteníamos que también eran usados para el transporte de cadáveres por la noche. 

Me ofrecí cuando el militar encargado solicitó voluntarios para traer el pan. Aceptó, y un milico me condujo junto a otro detenido hasta el límite que daba a la calle, nos indicó que deberíamos bajar los canastos a pulso desde el camión, luego trasladarlos hasta las filas de detenidos en el interior del estadio. Era una jornada para las tres comidas diarias. Vaya trabajo, pero bien es sabido que él que reparte, se lleva la mejor parte. Con cualquier descuido del soldado que nos custodiaba, nos llenábamos nuestra ropa con las marraquetas y hallullas recién horneadas. Los bolsillos, las pretinas, los calcetines y todos los espacios que las partes redondeadas del cuerpo permitían, se llenaban de la masa cálida y amiga. Era un gozo saber que iba a participar de una fiesta y había que recrear el espíritu, cada trozo de pan, así como jugando, lo depositaba en distintas partes de mi vestimenta como un desafío a la memoria. Trataba de olvidar dónde dejaba la hogaza escondida, por ahí, otro acá, otro trozo allá. 

Al otro día, tendido sobre una banca, sin proponérmelo, mis manos buscaban en cualquier bolsillo, y con sorpresa, encontraba los panecillos. Era una alegría, había logrado engañar a mi memoria, a mi propia voluntad, y así el cerebro sonreía al encontrar estos tesoros en mis bolsillos, era un júbilo tener estos manjares entre los dedos. Oh, quién lo habría puesto allí, me preguntaba extasiado. Era encontrar un billete perdido cuando más se necesitaba. Este acto de sublime regocijo, me lo prodigaba en el silencio y el secreto de esa banca del estadio. La alegría de la masa horneada sobre mis tripas en cautiverio hacía fuerza en las papilas para desatar las salivas que en tropel iban a humedecer el manjar sólido del germen del trigo al centro del cuerpo. 

Ahora, que el gusto del pan lo tenía, una paila pequeña de aluminio empezaba a tomar forma como el objeto deseado. Solo quedaba cocinar en ella, con aceite chisporroteado, un huevo. Revolcar la sustancia blanquecina de la clara, hacerla entrar en cocción aromática, rebotarla en el aceite, y luego, lo más fácil de cocer, la yema. Reventar su solidez y revolcarla para permitir el regocijo de mis ojos. Qué alimento tan urgente, tan al pillar. Ni las sopaipillas de los patriotas chilenos en la guerra de la independencia, que hambrientos buscaban una sopa pilla, sopa rápida para saciarse, una sopaipilla, una masa tirada al aceite, podía ser el más urgente alimento.

Un huevo, eso, solo un huevo en la mano, sí que era una sopa pilla, un alimento rápido al sosiego del hambre. Esa imagen, ese acto de cocinar un huevo me perseguía cada noche mientras trataba de dormir encima de una banca del camarín del estadio. Giraba entre preparados con arvejas, queso, o bien, lo primero a la mano que significara engrosar el fundamental alimento huevo. De por sí era el alimento que hacía llorar al cerebro. 

La oscuridad que permitían los párpados era el comienzo de esta maratón sufriente que no daba tregua. El huevo era el objeto de seducción, el deseo que permitía conseguir el alimento para mi organismo. 

La segunda manera de cómo sacié mi hambre fue decir que no me llamaba como me llamo, olvidé mi nombre y apellido para poder comer. Me iba a llamar Juan Carlos Almendras, él era un amigo conocido en el Estadio Nacional, un estudiante que nunca supo bien por qué estaba detenido. Solo fue necesario que caminara por una calle al comienzo del toque de queda para terminar acá, sentado sobre las graderías de este recinto deportivo. Así, detenido, conocí a Juan Carlos Almendras. Compartimos algunas penurias, pero ya lo habían dejado libre, exactamente habían pasado tres días de su libertad cuando escuché que lo llamaban por los parlantes del estadio. Su apellido lo recordaba por ser un fruto que también daba vueltas en mi memoria. Una voz femenina de la Cruz Roja solicitaba su presencia en las puertas de la maratón. Era habitual escuchar la letanía de nombres y apellidos de los que tenían encargos o cartas de sus parientes y conocidos. Llamaban a Almendras para que fuera a retirar una encomienda. Pero él ya no estaba en el estadio. Decidí en ese marasmo no saber qué iba a suceder si cometía un desaguisado que pudiera exponerme a un juego peligroso, un traspié que me permitiera ingresar en un laberinto de arrepentimientos. Mi hambre lo hizo todo, me llevó paso a paso por la pista de ceniza hasta la puerta de la maratón. Vi pasar a la gente que yo mismo permitía que me adelantara, quería tener la seguridad que Almendras no se hallaba aquí, que estaba en libertad, en su casa. Finalmente, ya comprobado que no existía en este recinto, decidí avanzar hasta donde la funcionaria de la Cruz Roja estaba para decirle que yo era Juan Carlos Almendras. Ella me entregó de inmediato los encargos en un bolso de equipo deportivo. Creía que podría darse cuenta que yo no era Almendras, pero en ese instante, sin carné de identidad, sí era Juan Carlos Almendras y nadie podía dudar que fuera así y menos lo habría cuestionado. 

Me fui de vuelta por la misma pista de ceniza con el botín entre mis manos, trataba de imitar la manera de caminar de Almendras, para evitar sospechas. En el camarín disfruté con el chocolate en polvo que venía en una bolsa de papel. Armé bolillos en mi paladar, la saliva era escasa para abastecer tanto chocolate que permitía invadir mi existencia. Había panes y un envoltorio de mortadela que hicieron de mi vida otra vida, una para soportar este deleite. No podía dormir tranquilo pensando en los nuevos tesoros que me esperaban cada vez que volvía a abrir otros envoltorios, entre ellos, había un bulto de papeles amarrados con un elástico, eran cartas enviadas por parientes, o bien la amada que ansiosa las hacía llegar a Almendras; o qué se yo, una vecina, un amigo, pero no, no abrí los secretos que cada una de esas cartas quería transmitir exclusivamente a una persona. Solamente hasta ahí avancé. El resto fue devorado y saboreado lentamente durante los días que tuvo que durar, ni más ni menos. 

Los pañuelos de género, los calzoncillos y un chaleco de lana pasaron al uso de este nuevo Almendras, de talla similar, pero del bolso deportivo, fue un gendarme quien en la cárcel pública se hizo cargo, me lo pidió prestado para llevar su ropa deportiva para un partido de fútbol del fin de semana. Cuando se lo pedí de vuelta, el gendarme con toda la serenidad de un guardia, me dijo, pero si tú nunca me has prestado un bolso. 

Dentro de los espacios y circunstancias que vivíamos en este desgraciado recinto de detención, nadie podía llegar a imaginar que una tarde, a eso de las 16 horas de un día de finales de noviembre de 1973, en las graderías que dan a la puerta de la maratón, se iba a llenar de aromas de un jugoso pavo asado y las dulzuras de una torta de lúcuma. Solo veintiún detenidos fuimos los que disfrutamos de este degustador espectáculo. La mayoría hasta esta fecha había sido enviada en barco al norte de Chile, otros a la cárcel pública para investigación militar; los condenados a penas de extrañamiento ya habían sido expulsados del país, el resto, los veintiuno que presenciamos este deleite, éramos los que habíamos sobrado de las reparticiones que hicieron los militares. Estábamos el periodista Manuel Cabieses, director de la revista Punto Final; algunos jóvenes delincuentes, yo y Mario Silva Leiva. Este hombre era un delincuente de unos 50 años, había comenzado su carrera delictual en el barrio Franklin de la ciudad de Santiago, como ladrón, ganándose el apodo de “Cabro Carrera”, por su rapidez para escapar, tanto de las víctimas como de la policía. En la década de 1960, ingresó al narcotráfico, formó parte del llamado sindicato del crimen de Valparaíso, puerto donde se embarcaba la droga que era enviada a los Estados Unidos. Tras el Golpe de Estado fue detenido y trasladado al Estadio Nacional. Ahí Silva Leiva se sentía a sus anchas, recibía suculentas viandas de sus parientes y amigos. Esa tarde todo era más relajado, Silva solicitó a los militares que fueran a comprar un pavo asado y torta para que comiéramos los que quedábamos detenidos. Pero esas delicias solo pasaron por mi olfato. Manuel Cabieses, el periodista, me llamó, me indicó que mejor compartiéramos una bolsa con charqui que guardaba en sus bolsillos. Finalmente una buena conversación hizo de postre.
Me dejaron en libertad luego de ser trasladado a distintos centros de detención. Cinco en total. Desde Cuatro Álamos salí. Tomé un taxi en la calle Departamental, abrí su puerta y me senté, el taxista en silencio esperaba que le dijera algo y le dije a Domeyko, por favor. Era de noche, iba de vuelta a mi casa, algo así como a las 22 horas del 31 de octubre de 1974. Había cumplido un año y un mes detenido por el estado de sitio que había impuesto la dictadura. Fueron exactamente 410 días vigilado y reducido a un espacio determinado por los militares. 

Había llegado el momento para saciar mi hambre, debía buscar el huevo que siempre me significó prístino, elemental para el hambre que me perseguía. Tenía que encontrarme con un huevo, aceite y algo de pan para devorar el sueño que tanta mella hacía en mí. En la casa nadie había; mi libertad fue sorpresiva. Solo me bastaba encontrar dos huevos, aceite, gas en la cocina, pan, una paila de aluminio y los fósforos que parecían flotar ante mis ojos. Partí la cáscara, freí los huevos, luego unté el pan hasta acabar con todo, seguí con la costra levemente quemada que se alojó al fondo del aluminio y mastiqué su dureza sabrosa como si fuera el comienzo y el final de todo. Las primeras lágrimas me invadieron. Me acodé en la mesa, y para tranquilizarme, busqué la cama. Parecía ajena. Ahí volví a dormir.

María Gracia Subercaseaux, la fotógrafa profesional: “La fotografía es la constancia de que uno ha vivido”


Conocer a María Gracia Subercaseaux por fotografías o a través de sus programas radiales y televisivos, no nos permitiría saber lo que realmente es. Sería una aproximación solamente. Una foto no habla más que mil palabras. Ella dice más en persona. Es una imagen sensible que explica apetencias, también del viaje que le espera por la tarde a Chiloé y del almuerzo que tiene que preparar porque hoy viene su padre a visitarla. Ella es eso y también unos ojos pardos que brillan en busca de un tesoro para capturar.


María Gracia trabajaba como diseñadora de vestuario cuando se da cuenta que había algo que le faltaba. Le cuesta expresarlo en palabras, pero insiste, se las arregla para verbalizarlo y agrega que solo la gente que lo ha vivido puede entenderlo, y lo aclara, “no me llegaba lo que hacía, había que sacar algo de mí, empecé por la escritura. Ella me calmó en parte”. Pero no se sentía cómoda, buscaba canalizar la emoción de sus sensaciones, “trataba de descubrirme, de expresar lo que me sucedía, pero no era buena escribiendo”.

El año 1997 llegó con un descubrimiento, “me encontré con una exposición de fotografía de Luis Poirot en el Museo de Bellas Artes”, y agrega con entusiasmo, como si volviera a vivirlo, “fue como una epifanía, una revelación”. De inmediato entendió que la fotografía era el lenguaje que buscaba.

Su personalidad ansiosa comenzó a manifestarse, descubrió en la fotografía un resultado, “logré captar aquello que quería guardar, la fotografía resuelve absolutamente mi ansiedad, es inmediata y también tiene que ver mucho con la nostalgia, con la muerte, es el registro que queda, la constancia de que uno ha vivido”. Empezó sus clases de fotografías en los estudios de Luis Poirot.

Así es como la fotografía no tan solo le permitió buscar resultados que la llenaran profesionalmente, sino que también le permitió dejar constancia que su hermano fallecido existió y logró que sus dos hijos se enteraran de ello y además, pudo dar a conocer aspectos de la vida que él vivió en el norte de Chile, cerca del mar. Es el registro que ella va dejando.

Su primera Canon y la segunda cámara

La primera cámara que usó para su trabajo fotográfico fue una Canon Reflex, antigua, con rollo, película blanco y negro. Se la pasó su esposo, pues él se da cuenta que la fotografía es lo que le gustaba a María Gracia. La segunda cámara fue una Hasselblad 500, se la compró con dinero que lograba con las fotografías de su Canon Reflex. Con la Hasselblad se reencuentra con el retrato, es así como logró su trabajo “18 Segundos”, donde denunció el maltrato que cada 18 segundos sufre la mujer en alguna parte del mundo. Cuenta el logro de su trabajo, “la mujer agredida está tan anulada que pasa a un estado inmaterial, se vuelven fantasmagórica, sienten que no valen y se merecen el maltrato. Ahí materialicé ese desgracia que sufre la mujer en imágenes”, y prosigue, “hace poco este trabajo me la compraron los Tribunales de Familia de la calle San Antonio, la muestra está íntegra en exposición permanente”, termina diciendo con mucho entusiasmo. “Luego me encargaron varios proyectos, trabajé con Luis Poirot, ambos tuvimos que fotografiar a los niños con cáncer en el hospital Exequiel González Cortés, fue una experiencia durísima, pero bella”.

“He robado imágenes y no me arrepiento”

María Gracia, con el programa de televisión Mundo Ad Portas de canal 13 Cable, tuvo que viajar por África, el Sudeste Asiático y Medio Oriente. Un mundo que le permitió acceder a otras culturas. Confiesa que tuvo que robar tomas fotográficas, “he robado imágenes y no me arrepiento de nada, esas han sido las más maravillosas. En Vietnam, en las montañas, cerca de la frontera con China, en unos arrozales había una etnia, una tribu de mujeres que no se dejaba fotografiar, pero hubo un momento en que ellas dedicadas a su trabajo me permiten captar imágenes en esos parajes y, luego en el mercado de Zapa, donde todas estaban concentradas cosiendo unas prendas maravillosas que son sus trajes típicos y alcancé a disparar una foto antes que me echaran, esa foto resultó ser maravillosa. En este viaje hay como cinco fotos que fueron robadas, pero las otras, la mayoría, fue con permiso, con mucha amabilidad y respeto”. Todo ese trabajo fue titulado como “Mano de Obra”.

La opinión y la democratización de la fotografía

Hoy, a pesar del peso que tiene que soportar en las largas caminatas en busca de una fotografía, prefiere una Sony Alfa 900, “es pesada, pero muy buena, uso tres lentes, uno largo, un gran angular y uno normal”.

Ha podido fotografiar la agresión que sufre la mujer, el alma de la sensualidad en un desnudo, cómo se refleja el cáncer en el rostro inocente de un niño, pero confiesa que hay algo que no podría captar en una fotografía, “difícilmente podría retratar lo que me da asco no podría fotografiar el abuso de poder, la información privilegiada, el pensamiento retrógrado, el cinismo de nuestra sociedad, la ambición y la codicia”, enumera con seguridad.

Entiende y se hace parte de la indignación de la gente, así como el valor del acceso que la gente ha tenido a la fotografía a través de los celulares. “Se están tomando fotografías lindas. Instagram ha contribuido en esto. Hay necesidad de expresarse con la imagen. Hay una urgencia de estar presente, la gente quiere tener voz, y las redes sociales han entregado esta posibilidad. Twitters nos permite escribirle a Obama, se puede acceder a la persona que antes nos parecía ajena. Si contesta, eso es otra cosa. Esto es bueno para la democracia. Aunque detrás de la masa hay una agresión, pero todo lo que se dice con respeto, contribuye y permanece;  la agresión desaparece, no queda.

El trabajo que guarda con más amor

Para María Gracia Subercaseaux, lo más destacable de su trabajo, no ha sido una fotografía en sí, sino un proyecto que hoy califica como lo más emblemáticos de su trayectoria profesional y, da sus razones, “en el trabajo con los desnudos, en general los autorretratos, encontré una voz, de qué estaba hecha, encontré mi alma. Me atreví, me tiré a la piscina, tuve el coraje, porque podría haberme acobardado cuando empezaron a criticarme los sectores conservadores que mi trabajo era pornografía, que invitaba al sexo, pero no era así, en esa muestra hay sentimiento, hay gestos que se reflejan. Mil cosas en ese momento pasaron y ese gesto, esa emoción quedó retratada. Este es el trabajo que guardo con más amor”.

Cada proyecto, cada fotografía que hace, no tan solo va plasmando su quehacer profesional, sino también su carácter, “me van ayudando a ser una mujer menos prejuiciada, una mujer más respetuosa con las libertades individuales. Creo en el amor en todas sus formas, creo en la bondad de la gente, es algo que me importa mucho. A veces soy drástica en mis opiniones, encuentro que es importante que existan opiniones diversas aunque algunas, no pueda entenderlas”.

María Gracia Subercaseaux, la fotógrafa inquieta, ansiosa, se pone de pie para mostrar la intimidad del altar de fotos familiares: su hermano, sus hijos, ella misma con pelo largo, luego se detiene frente a la foto de su padre para decir en voz alta, “debo preparar almuerzo, hoy viene mi papá”.

http://www.revistapuntociego.cl/marzo-2015/

viernes, 1 de noviembre de 2013


Las razones para ser presidente de Chile
Michelle Bachelet Jeria va a ser nuevamente presidenta de Chile. Y para eso hay razones muy simples que se deben considerar.
Todas ellas se encuentran en la masa popular que va a votar. Ellos dicen y comentan en las redes sociales. “Es la única de verdad”.  “No cae en bajezas ni peleas de perros por un hueso”. “Está muy por encima de las chulerias, además  es transparente y creíble” , “La única que ocupó y ocupará la presidencia con dignidad... algo que la derecha corrupta y asesina no conoce...”.

Por otro lado Emilio tiene otra razón, hace un análisis de cada uno de los candidatos, él se pregunta “cuál de los nueve candidatos le puede ofrecer al país estabilidad y paz social, sino es la señora Bachelet? Si quiere empezamos a desmenuzar a cada uno de los candidatos. De la señora Mathei no me pronuncio ya que está más loca que una cabra. Siete de los candidatos no tienen partido político, nadie que los respalde en un congreso dividido, cualquiera de estas personas que fuera elegida presidente/a, sería como bailar la cueca en pelotas, además, todos ellos juntos representan no más del 25% de los electores. No hay que ser ciego para darse cuenta que el 25% es una minoría. Se ha ganado mis respetos la señora Rosana, además de hacerme reir ha dicho unas cuantas verdades, que son para ser tomadas en cuenta, pero para presidenta le falta mucho. De Marcel y Parisi están más cerca de ser chantas que candidatos. El Meo no tiene apoyo, es un proyecto personal y propone cosas que no son factibles, además habla tan rápido y con letra chica que no le entiendo. El otro señor Sfeir es inteligente, pero lo tienen jodido los espíritus. El ultimo, Mister Jocelyn dispara mierda con ventilador, no se sabe dónde está ubicado”.

De acuerdo a lo visto y escuchado en los debates Mónica comenta: “Por lo tanto y raya pa la suma, me quedo con la señora Bachelet, que me pareció la más cuerda en todo este enjambre de candidatos e ideas que vimos”.

Jorge tiene otras razones “es un hecho muy cierto que ella concita más unidad que cualesquiera de los candidatos que hoy postulan. Se le ha atacado, incluyendo los candidatos que se dicen de izquierda, todos en contra de ella, hasta se olvidaron que existe la candidatura de la Matthei, que es de derecha. Quieren destruirla porque es un obstáculo para sus mezquinas pretensiones personales”.

             Pareciera que mientras más se ataca a alguien, más es la simpatía que se tiene por esa persona y no por ser atacado sino por las razones que se hace, se comenta: “Mientras más atacan, sobretodo en el aspecto tributario, les digo que no tendremos a un director del Servicio de Impuestos, en ambos lados concediéndoles garantías y franquicias a las grandes empresas. Y también por lo del terremoto, nadie acusa a los milicos que siempre tuvieron las comunicaciones intactas y nunca las pusieron a disposición del drama que se vivía, pero se prefiere a ella que les lleva amplia ventaja.

Y finalmente, nadie parece desconocer que terminar un gobierno con un 80% de aprobacion, como es el caso de Michelle Bachelet, es imposible que le haya sucedido a algún mandatario en la faz de la tierra.

Marcel Henri Claude Reyes ya no cree en Dios



Detrás del supermercado Líder, en El Belloto, en la comuna de Quilpué, se encontraba el candidato a la presidencia de Chile para el periodo 2014- 2018. Un joven que en la década de los años de 1970 fue seminarista, vinculado a los jesuitas y a la doctrina social de la Iglesia, seguidor del cardenal Silva Henríquez y Helder Cámara. Hoy se siente lejos de Dios y cerca del llamado a denunciar todo lo que aleje a esta tierra de la copia feliz del Edén.

Es sábado, la mañana aunque soleada está notoriamente fría, deja ver en la acera del otro lado a los seguidores de Claude en las puertas de la explanada que da a la radio comunitaria Centenario. Seis jóvenes con sombreros y una tímida vestimenta tratan de imitar a los músicos de alguna fiesta religiosa nortina. Las quenas y el insistente, pero sordo monótono golpeteo del tambor, avisan que acá podría pasar algo.

Los dirigentes locales negocian con el dueño de la radio sobre el precio para un llamado que el candidato quiere hacer a los vecinos de la población a través de la emisora del lugar. La dificultad alcanza los 90 mil pesos. Hay acuerdo y finalmente el propietario no vidente de la radio permite a Marcel Claude avisar de su presencia. El economista, académico y activista político chileno habla a la comunidad. Mientras tanto los adherentes con un lienzo avisan a los automovilistas que el candidato del []Partido Humanista, la Izquierda Unida y la ]Nueva Izquierda Universitaria está en estas tierras.

Su militancia política es variada y quizás va a la par de  los vaivenes que sufre el partido Demócrata Cristiano. En los años de 1970 militaba en la Democracia Cristiana. El 1973, para el golpe de Estado, dejó de serlo obligadamente. Luego militó en el Partido por la Democracia, PPD, entre los años 1990 y 1995.

Cuatro automovilistas hacen sonar sus bocinas para manifestar adhesión. La espera se hace larga, los músicos ya descansan. Se saludan los adherentes. La mayoría de los jóvenes visten al estilo del estudiante universitario de regiones. En total son 25. Un exiliado comunista retornado, de unos 65 años, se reencuentra con una amiga también comunista, se saludan y le presenta a su pareja; una médico alemana que por amor le siguió hasta estas tierras. Otro adulto se acerca con los brazos en alto en busca del candidato, parecen conocerse en el ámbito académico. Hay ansiedad por iniciar la marcha hasta la feria de El Belloto.

El desfile se inicia con el mismo cartel que se exhibía a las orillas de la vía. Se inicia la marcha, Claude lo sostiene justo al medio, cuatro adherentes más lo sujetan durante el trayecto a la feria sabatina. El candidato calza zapatos que imitan el estilo de las zapatillas, pantalón gris, una chaquetón invernal desabrochado, un chaleco negro que deja ver parte de la camisa fuera del pantalón. Su cabello cano avisa que tiene 57 años, su rostro redondo de mandíbulas sobresalientes y duras. Sus ojos pequeños indican que está relajado, pero tenso. Se percibe tímido, silencioso. Es el Mesías de los marginados de parte de la izquierda chilena.

La comunista que saludó al retornado y a su pareja, se acerca y le dice: ¿Te das cuenta Marcel de la alegría que le das a la gente? Él asiente y agrega un comentario recordando su actividad como economista en un escritorio del Banco Central entre 1983 y 1995 y la compara con el significado de lo que vive hoy; no se lo imaginaba. Algo tímido, continúa caminando. Claude también dirigió dos organizaciones no gubernamentales medioambientalistas; la Fundación Terram y la oficina chilena de la Fundación Océana, donde terminó alejado en circunstancias nunca aclaradas.

Algunos vecinos se asoman a las ventanas de sus casas al retumbar monótono y el sonido melancólico de las quenas. Todo redunda, pero llena los vacíos. Claude se acerca a compartir con ellos, levanta su mano, intercambia palabras. Se integran tres personas a la marcha después de saludarle. Un residente del lugar se acerca, viste abrigo azul marino y un platillo de batería musical en la cabeza, algo trasnochado y ebrio le indica al candidato por dónde se deberían ir, insiste y sutilmente es retirado del lugar.

En 1975 ingresó a la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad de Chile —hoy Facultad de Economía y Negocios—, donde se licenció en Ciencias Económicas, con mención en Economía, en 1982. Ese mismo año le fue conferido el grado de magíster en Ciencias Económicas, con mención en Economía, en el Programa de Estudios Económicos Latinoamericanos para Graduados (ESCOLATINA), de la misma facultad donde egresó. En 1986 obtuvo una beca de la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, donde egresó con el título de master of arts (Maîtrise en Sciences Economiques) en 1987. En esta misma universidad fue candidato al doctorado en Economía que no terminó.

Cinco bocinazos más avisan que hay simpatías con el candidato. Ya cercanos al lugar convenido, en la entrada de la feria de El Belloto, un inmenso letrero de la candidata de la Nueva Mayoría, Michelle Bachelet en compañía del alcalde de Quilpué, el socialista Villambre,  parece dar la bienvenida al candidato.

Claude ingresa al recinto mientras una sorprendida multitud que hace sus compras lo ve llegar escoltado por adherentes y la banda musical con aires nortinos, El barro hace conducir por los pasillos de una feria más parecida a campo de refugiados palestinos, entre zapatos, ropa, plantas, utensilios varios, música, pescados y empanadas fritas; hortalizas y mariscos. Un centro de abastecimiento muy ajeno a los mall, donde las cajeras usan pañales desechables, según denuncia el candidato Marcel.

Nuevos simpatizantes se acercan y conversan casi al oído, él escucha y responde. Al paso del candidato hay indiferencia disimulada, unos sienten la cercanía, otros solamente observan y opinan en voz bajas. Un grito de: ¡Grande Marcel! hace creer que hay presencia divina en el lugar. Es la otra izquierda, casi fantasmal, que sin consigna solo exige una vida que efectivamente se pueda vivir. 

Cuando Marcel Claude es presentado en la televisión chilena él se siente agredido, no le acomoda el formato, siempre repite, déjame terminar, e insiste, déjame terminar. Pareciera que el sistema, que tanto daño hace a Chile, se le hace presente en el estudio televisivo también. Es más, cuando se le hace ver que Michelle Bachelet representa similares exigencias que las suyas, él responde que solamente eso es para la televisión.

Un verdulero de la feria de El Belloto comenta en voz baja que todos son iguales, que vienen a prometer y luego desaparecen y se olvidan de uno, una adherente le dice que no es así, que ahora es distinto, el comerciante insiste en lo mismo y ella vuelve a la carga.  Mientras tanto Marcel Claude se abre pasos entre el barro, los gritos de ventas de los productos y las vivas de sus adherentes.

La contienda electoral se daba entre una mujer víctima de la dictadura, como muchos chilenos, y el regalón de Pinochet; Longueira, luego de distiantas situaciones dentro de la derecha, este renuncia y se proclama a Matthei, la hija de un general de la Fuerza Aérea.

El destino hace sus jugarretas, Michelle Bachelet también es hija de un general de la misma fuerza militar chilena. Su padre fue colaborador del presidente Allende en la distribución de mercaderías alimenticias que escaseaban producto del sabotaje de la derecha. Y en el otro lado, el padre que fue integrante de la Junta de gobierno que derrocó a Allende. 
    
Mientras tanto, Marcel Claude, el hijo del medio de esta intrincada historia de Chile, sigue transitando en busca de adherentes y denunciando todo lo que huela a trampa económica e injusticia que viven los chilenos. Se siente llamado a ser presidente de esta nación. Es su cruzada, la presencia divina de la que hoy se siente lejano, la hace sentir en la feria del Belloto. Él insiste, mientras tanto pide que lo dejen terminar, pues sus adherentes sí creen en milagros.