¿Por qué se le pega a una mujer? Puede ser una pregunta extraña, como para mirar al que la hace por el rabillo del ojo y con un rictus de desconfianza, pero ¿por qué se le pega?
Hacer esta pregunta necesariamente me recuerda otra ¿por qué el perro mueve la cola?
Los estudioso y los no tanto dan variadas razones. Desde las sicológicas, pasando por las sociológicas hasta llegar a las esotéricas y otras un tanto más extrañas. La pasión siempre se desplegará en la búsqueda de una explicación para esta conducta del macho. La mujer, la esposa también da su opinión y también notará que algo de pasión rodeó su exposición frente al macho que la escuchaba atento asintiendo con la cabeza que lo que decía ella era cierto. Hasta la muerte.
Se habla de la asimetría del poder y de la connotación social que históricamente ha tenido la mujer, tanto en la esfera pública como privada. El asesinato de mujeres como resultado extremo de la violencia de género que ocurre tanto en el ámbito privado como en el espacio público, comprende a aquellas muertes de mujeres a manos de sus parejas, ex parejas o familiares, asesinadas por acosadores, agresores sexuales o violadores.
La violencia de género durante mucho tiempo gozó de parcial o completa impunidad, ya que según el antiguo Código Penal chileno y de muchos otros países, estimaba que con la certeza y presunción de infidelidad de la mujer bastaba para exculpar o atenuar en gran medida la culpabilidad del asesino. Y, además por algo las leyes las hacen los hombres.
Los celos son la principal causa de femicidio. El macho mata por celos.
Al hombre herido en su amor no se le podría pedir racionalidad y reaccionar con mesura ni menos entender que la belleza de su amada también puede encandilar a otros.
¿La mujer estaría imposibilitada de sentir celos? No, ella siente celos y a cada rato, de todo siente celos, pero… ¿Por qué no mata al macho que le ha provocado ese sentimiento?
Sí, ella también mata y ha dado muerte a su macho, pero son las menos. No han sido las frágiles, todo lo contrario. Ellas son las que han podido mover al perro.
Las otras, las que no viven para contarlo no pudieron moverlo ni a palos.
lunes, 26 de noviembre de 2007
miércoles, 21 de noviembre de 2007
¡¡EEESEE SEGUNDÓNN!!
A Raúl lo conocí exactamente hace 41 años. En aquella ocasión yo tenía 16 años. Este individuo, a pesar del tiempo que lo conozco, demostró ese juego de segundón que siempre le vino como bien, como que era así y no podía serlo de otra forma. Más, creo yo que le gustaba el bajo perfil.
En muchas, me gustaría ser fiel a la verdad y decir en casi todas las oportunidades compartidas, este amigo inseparable guardó silencio. Pasó el tiempo y descubrí que tenía una forma de pensar muy distinta a la mía y por ahí está el casi todas.
Fue así como una noche de fiesta de liceanos me enteré de su existencia, ahí lo conocí. Mientras bailaba con una chica, del liceo número dos, un ritmo de moda, de lo que estoy seguro no era un rock and roll, porque me preguntó al oído: ¿Cuál es tu nombre?, le dije Ángel y de inmediato le pregunté por el de ella. No recuerdo ahora su nombre, pero sí de la siguiente pregunta que me hace: ¿Y tú segundo nombre?
Ahí me quedé pegado en el recuerdo de mi segundo nombre. Sabía que tenía otro nombre como todos mis hermanos y también sabía cual era ese nombre, además sabía que no me gustaba, es más nunca lo quise mencionar. Me quería olvidar de él, borrarlo para siempre. Pero le tenía que decir mi segundo nombre a la chica en cuestión. Era bella, dulce, tierna. A ella no podía negárselo. Y con la posibilidad de perderla se lo dije: ¡Raúl!, guardé silencio, cerré los ojos y esperé su reacción: ¡Que lindo! Y me besó.
Así conocí a Raúl, a los 16 años. Desde ese entonces no me he separado de él. Siempre he sabido realmente del por qué, y a pesar de qué me sentía unido a él, pero no lo conocía. Hoy es una compañía eterna que al vaivén de una mirada furtiva el sabe lo que tiene que hacer por un Ángel.
En muchas, me gustaría ser fiel a la verdad y decir en casi todas las oportunidades compartidas, este amigo inseparable guardó silencio. Pasó el tiempo y descubrí que tenía una forma de pensar muy distinta a la mía y por ahí está el casi todas.
Fue así como una noche de fiesta de liceanos me enteré de su existencia, ahí lo conocí. Mientras bailaba con una chica, del liceo número dos, un ritmo de moda, de lo que estoy seguro no era un rock and roll, porque me preguntó al oído: ¿Cuál es tu nombre?, le dije Ángel y de inmediato le pregunté por el de ella. No recuerdo ahora su nombre, pero sí de la siguiente pregunta que me hace: ¿Y tú segundo nombre?
Ahí me quedé pegado en el recuerdo de mi segundo nombre. Sabía que tenía otro nombre como todos mis hermanos y también sabía cual era ese nombre, además sabía que no me gustaba, es más nunca lo quise mencionar. Me quería olvidar de él, borrarlo para siempre. Pero le tenía que decir mi segundo nombre a la chica en cuestión. Era bella, dulce, tierna. A ella no podía negárselo. Y con la posibilidad de perderla se lo dije: ¡Raúl!, guardé silencio, cerré los ojos y esperé su reacción: ¡Que lindo! Y me besó.
Así conocí a Raúl, a los 16 años. Desde ese entonces no me he separado de él. Siempre he sabido realmente del por qué, y a pesar de qué me sentía unido a él, pero no lo conocía. Hoy es una compañía eterna que al vaivén de una mirada furtiva el sabe lo que tiene que hacer por un Ángel.
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